domingo, 21 de junio de 2015

Tu brisa



Tu brisa esperada al fin llega
en el cálido y poético ocaso
con la frescura de un beso
y la melosa caricia añorada
tras las vacías y sórdidas horas
de tedioso abandono y desidia.
Tu brisa siempre retorna
anunciando la llegada de
 la tibia noche y su hermoso
cortejo estival de estrellas,
cuando los pesares cotidianos
dan paso a la serenidad de
espíritu, al ansiado sosiego,
la calma que libera a la razón
y desboca a la inspiración,
a los nobles pensamientos,
que ahora afloran en armonía.
Tu brisa me llena de amor
y de magia, entregándome por
entero al placer de vivir,
con sus luces y sus sombras,
porque ¿ acaso no hay mayor desafío
 que el formar parte de la incertidumbre?

© Javier Carrasco


lunes, 15 de junio de 2015

En el calor de la noche






  No había pasado tanto calor desde el verano del 48. Imposible llevar la chaqueta en este infierno, siempre con el revolver a la vista en la cartuchera asida al hombro. El ventilador de la oficina olía ya a chamusquina de no parar de funcionar durante toda la semana, a veces día y noche. Ya le he comentado a mi socio Lui que de seguir esta insoportable meteorología invertiremos en una máquina de aire acondicionado. Un par de llamadas y abandono esta maldita caldera. Una de las llamadas es para Violeta Summers, todo un misterio para mí. Ayer llegó su enigmática carta con su número de teléfono. Con ese nombre, pensé, debe ser una muñequita. Y luego esa voz tan sensual y distante a un tiempo. La chica estaba en apuros y necesitaba ayuda. Según decía, un gorila matón juró despacharla porque lo había rechazado en presencia de su banda. "Mala espina", había comentado esta mañana mi socio Lou. “Yo de ti desconfiaría, Joe. Demasiado bonito para ser cierto”. Puede que estuviese en lo cierto Lou, que tiene un ojo verdaderamente clínico para estos asuntos, pero yo había caído bajo el hechizo de su voz y me moría de ganas por conocerla.

  Pasé a recogerla a la puerta del edificio de apartamentos donde supuestamente residía. Tardó un par de minutos en bajar. Yo esperaba en el vestíbulo de la entrada, junto al portero. En el momento que encendí un pitillo con mi Zippo se abrieron las puertas del ascensor y una despampanante rubia emergió como una diosa vestida de negro satén. Su esbelto cuerpo se movía grácil, mostrando curvas de alto riesgo. Nunca había visto a una muñeca tan preciosa. Era alta, y cuando la tuve a corta distancia noté como el ritmo cardiaco se me disparaba. Su mirada era fría. Me recordó a Lauren Bacall.
  Fuimos a Broadway, a un famoso club de jazz. Mientras cenábamos me puso al corriente de los pormenores de sus asuntos con esa conocida banda de gángsters. Yo no le quitaba ojo de encima. Habíamos pedido champán y pronto empezó a hacer efecto. Esos movimientos suyo pausados, muy estudiados, me estaban seduciendo, que acompañado por los sones de aquel saxo endiablado, hacían de la noche un momento mágico e irreal. El no va más llegó cuando a bocajarro, y con mirada de gatita traviesa me dijo: "Eh Joe, ¿es que no me vas a sacarme a bailar?" Entonces la temperatura se disparó. El calor en la noche se hizo sentir abrazado a aquella mujer escultural de mirada glaciar pero de dulcísima sonrisa. Puso su muslo en mi entrepierna y con sonrisa pícara dijo: “Vaya, pero si tienes el revólver a punto. No dilatemos más el tiempo. ¿En tu apartamento o en el mío?" Le dije que mejor en el suyo porque no había tenido tiempo de hacer limpieza.
  Salí del local sintiéndome flotar en la estratosfera, acompañado de la reina de la noche. En el exterior la temperatura era aún más cálida, en acorde con nuestra mutua atracción fatal. Subimos al coche. Ella abrió su bolso de brillantes y extrajo un 38 especial.
“ Querido Joe, siento hacer esto, pero por tu jodida culpa mandaron a mi dulce Frank a la silla eléctrica”
  Dos fogonazos dieron paso a la negritud más absoluta. En el calor de la noche.


 





 ©Javier Carrasco